Mi pequeño cajón de sastre

Fantasías imposibles, aventuras místicas, andanzas foráneas, historias ajenas y senderos aún por recorrer.

jueves 6 de septiembre de 2007

Mendigos del siglo XXI

Hace unos años, cuando recorría día tras día las Ramblas barcelonesas hasta la universidad, me encontraba con el rostro somnoliento y apagado de los mendigos. Recuerdo que, algunas veces, sencillamente desviaba la mirada para lo leer los carteles que solían acompañarlos. Algunos, con perspicacia y picardía, me relataban una dramática historia, que era de todo menos propia, y acababan convenciéndome. Recuerdo a un par, en la boca del metro, que me engatusaron con una historia bastante original: resumiendo, les habían robado el pasaporte y necesitaban dinero para volver a su país en tren, pues en avión les resultaba demasiado caro. Meses más tarde, me pararon y me contaron otra laberíntica historia. Qué ingenuidad la mía, pensé.

Hoy, años más tarde, he vuelto a caminar por las hermosas Ramblas. Sin embargo, aquella imagen triste y desoladora de entonces nada tiene que ver con la actualidad. Pese al paso del tiempo, los ya más que habituales mimos, con vestimentas mucho más sofisticadas que las de entonces, siguen atrayendo todos los flashes de los turistas, pero no son los únicos. Hoy, un par de mendigos provocaban las carcajadas de muchos. Tenían tres cestitas con tres carteles respectivamente y, a decir verdad, estaban bastante llenas para ser las diez y media de la mañana. En el primer cesto se leía: PARA CERVEZA; en el segundo: PARA WHISKY; y en el tercero: PARA LA RESACA. Sin discreción alguna, ellos se llaman a sí mismos “lazy beggars” y, con el dinero que reúnen, se dedican a beber y a viajar por Europa. Algunos de los presentes que rodeaban el pequeño altar que habían formado decían: “sólo por la originalidad les doy un par de euros”, o “mira, me han hecho reír, así que ¡ale!, les doy lo suelto”.

Pero la modernización de este par de mendigos va mucho más allá. Tanto, que si por algún casual mientras leías esta entrada, has pensado: “Si me los encontrara por la calle, les daría algo suelto”, no te preocupes, existe una solución: les puedes ingresar el dinero a través de su página web vía PayPal.

Moraleja: modernizarse o morir.

lunes 3 de septiembre de 2007

De vuelta

Volvió septiembre y volví a ti. Durante estas últimas semanas se podría decir que te he sido infiel, que te he engañado con otra, que he regalado las más bellas de mis palabras a otra que no eres tú, pero sé que no me lo reprocharás. Ayer, al bajarme del tren que me condujo hasta ti, sentí ese aroma mágico que sólo tú desprendes y sentí alivio. Estoy en casa, pensé.

Esta mañana, después de tanto tiempo, hemos compartido un café más juntas, tú ajetreada y ruidosa, yo recién amanecida y con el pijama aún puesto. Me alegra que este reencuentro no sea relámpago, de esos en los que apenas tengo tiempo de disfrutar de ti, en los que tengo una reunión y no puedo prestarte toda la atención que desearía. Al fin, he podido volver a recorrer la palma de tu mano que la conozco como la mía propia, a visitar tus terracitas veraniegas, a sentir tu respiración en mi nuca, a cruzarme con tus gentes, muy distintas pero siempre con algo en común, a estremecerme cuando noto tu brisa por la espalda, a contemplar tus peculiares esquinas cuadrangulares, a visitar esos rinconcitos que poco a poco me has ido mostrando, a revivir esa rutina que me enloquece, a compartir nuestros lugares íntimos con los míos, a desearte las buenas noches cuando cierro los ojos.

Dios mío, cómo te he echado de menos, Barcelona.

miércoles 29 de agosto de 2007

Y llegó Septiembre

Llegaron los coleccionables por fascículos, el cielo encapotado, la llovizna molesta, el llanto de los más pequeños en la puerta del colegio, los escaparates lúgubres y sombríos, las agendas sin estrenar, la depresión postvacacional, el partido de los domingos, los atascos a primera hora de la mañana, los guantes y las orejeras, las entrevistas de trabajo, la nueva parilla televisiva, las nuevas promesas. En fin, llegó Septiembre.

Quizá por querer mantener una vida de estudiante que ya no me pertenece, considero que este mes, septiembre, marca el inicio de un nuevo año. Antaño, marcaba el inicio de un nuevo curso; ahora, marca una etapa que deseamos sea fructífera, que ansiamos consiga unos logros bien pautados. Muchos, entre los que me incluyo, tendemos a hacer promesas más típicas del primer día de enero, que no debe confundirse con el primer día del año: apuntarse a alguna actividad, ya sea yoga, escultura o danza, encontrar el trabajo ideal o, al menos, algo que se le parezca, plantar alguna que otra planta para alegrar la terraza, mantener cierto contacto con gentes ya lejanas y apenas conocidas, comprar una agenda para no andar con el bolso repleto de post-it garabateados con lápiz de ojos, escribir todos los días una entrada en el blog, etc.

El clima otoñal se asoma tímidamente por las mañanas, avisando que está al acecho, que en breve se apoderará del estío un año más. El aroma a hoja seca, a terruño, a playa deshabitada alienta la llegada de nuestro septiembre, anuncia la llegada de un nuevo año. Pero septiembre no inspira tristeza ni desencanto, sino todo lo contrario: ilusiones, ilusiones renovadas que ansiamos cumplir.

Por todo esto, quería aprovechar la ocasión para desearos a todos un feliz año.

lunes 27 de agosto de 2007

Terrible noticia

El brasileño Epson C., de 30 años, mató ayer con un cuchillo a su pareja, Marialva A. P., de 27 años, en la localidad tarraconense de Cambrils. Los agentes encontraron el cuerpo sin vida de la joven en la bañera del domicilio conyugal con numerosas heridas de arma blanca. El hombre confesó el crimen y se entregó a la policía. El hombre aseguró a los agentes que había acuchillado a su pareja y que la encontrarían en la bañera del domicilio que compartían. La policía local, que condujo a Epson C. ante la Guardia Civil, pudo comprobar la veracidad de sus palabras poco después de la una de la madrugada, cuando los agentes se desplazaron al número 28 de la avenida de las Acacias, en una tranquila urbanización junto a la playa de Cambrils.

El mismo día, mientras esa atrocidad tenía lugar a unos doscientos metros de mi casa, Miguel, Martín, Anita, Camilo y yo disfrutábamos de una barbacoa amenizada con unos lambruscos fresquitos. En ese instante, Miguel nos estaba relatando sus peculiares hazañas en la universidad, cuando estudiaba Administración. Ahora, recuerdo perfectamente el rostro del asesino. Hace una semana, mientras con unas amigas comentábamos los curiosos nombres que lucen las casas de este barrio cambrilense (nombres tales como Nunca Triste, Nostre Niu o Casa Neptuno), nos fijamos en una casa que, en lugar de un nombre, tenía un cartel que anunciaba un teléfono. Camilo estaba a punto de echar un comentario acerca del cartel cuando un hombre, de mediana edad y de tez oscura, se acercó en bicicleta y entró a esa casa. A todos se nos escapó una sonrisa pícara mientras el desconocido nos clavaba una mirada desafiante, a sabiendas que todos nos habíamos fijado en el cartel de su hogar.

Cada vez que lo recuerdo, se me ponen los pelos de punta.

jueves 23 de agosto de 2007

Los mercadillos

De todos es sabido que uno de los momentos cumbre del verano lo conforman las rebajas. De repente, sentimos un impulso incontrolable de conseguir todo lo que esté rebajado y, si además de ser barato es absurdo pero moderno, mucho mejor. Para ello, nos vemos obligados a hacer cosas que, días más tarde, nos avergüenza reconocer: esperar largas colas para probarte las pocas prendas de ropa que has encontrado de tu talla, lanzar alguna que otra mirada asesina a la joven que intentaba conseguir el mismo jersey verde pistacho que hacía meses teníamos fichado, comprarte zapatos ridículos sólo porque estaban tremendamente rebajados, etc. Durante los primeros días la gente se vuelve loca, y por eso os pregunto: ¿para qué esperar a las rebajas si tenemos al alcance de la mano nuestros clásicos mercadillos?

Todos tenemos algún que otro familiar, en mi caso es mi abuela, que encuentra unas gangas increíbles en el mercadillo del pueblo. Cada lunes, a eso de las ocho de la mañana, mi abuela se acicala y se perfuma para ir al mercadillo. Cuando vuelve, sólo trae una o dos bolsas, aunque haya estado hasta las dos de la tarde. Siempre dice lo mismo: “el truco es ir temprano para poder mirar todos los puestos y comparar”. Para quien no los conozca, los mercadillos son una especie de mercados ambulantes que recorren toda una zona, de forma que cada día de la semana se instalan en un pueblo de la zona. Cada lunes, el tráfico en Cambrils entra en un caos que dura casi todo el día. De repente, la locura compulsiva se apodera de los lugareños, que abandonan sus quehaceres para darse una vueltecita por el mercadillo y comer chocolate con churros. El mercadillo también puede considerarse una especie de escaparate en el que las extravagancias no pueden faltar: el puesto de música ejpañola (donde uno puede encontrar cassettes, ¡ojo!, de grandes artistas españoles como El Fary, Los Chichos o Camela), la gitana vendiendo cabezas de ajo, el anciano ataviado con un traje negro y un megáfono recitando la biblia, el extraño hombre que, con un mechón rubio en la mano, compra pelo de señora, ropa deportiva de marcas tan conocidas como Ardilla que combinan unos colores imposibles, los gritos desde todos los tenderetes a la rotonda que nos aturden con frases tales como “vamoh niñah, que me loj quitan de lah manoh” o “amoh nenah, que es tó ropa der Zara”, la familia que se dedica a vender picardías y ropa interior femenina subidita de tono que una se puede probar en el interior de la furgoneta y, cómo no, el puesto de churros y otras fritangas.

Sea como sea, los mercadillos, que no deben confundirse con rastros, hippy markets o mercados de antigüedades o medievales, tienen un poder de convocatoria que ya hubiera querido el Fórum de las Culturas hace un par de años en Barcelona.

miércoles 22 de agosto de 2007

Los coleccionables (primera entrega)

Esta mañana, cobijada entre las mantas, he sentido ese frescor otoñal que suele anunciar el fin del verano. Atónita, me he levantado y he comprobado que hacía un día de perros. He querido pensar que se trataba de una de esas tormentas veraniegas, de esas en las que llega un punto en que uno piensa que se va a acabar el mundo. Una vez en el tren, a medida que me iba acercando a Cambrils, el cielo se tornaba de su clásico azul añil, los rayos de sol bañaban el mediterráneo y las playas estaban repletas de sombrillas a rayas. Entonces, he sentido una especie de alivio: el verano aún no ha llegado a su fin.

Pero cuál ha sido mi sorpresa al ver, en televisión, un anuncio de coleccionables. No cabe duda de que ciertas modas, tradiciones o fetiches sociales cambian a medida que pasa el tiempo, pero también debemos reconocer que hay otras cosas que año tras año se reproducen siguiendo un patrón cíclico que, al parecer, nadie es capaz de cambiar. Entre estas cosas, se encuentran los coleccionables.

Todos, alguna que otra vez, confesémoslo, hemos comenzado uno. Pero, ¿quién ha conseguido completar todos los fascículos? Septiembre tras septiembre, los anuncios televisivos publicitan toda suerte de coleccionables y los quioscos se convierten en auténticos castillos de cartón entre los que a duras penas podemos vislumbrar a nuestra quiosquera habitual. Sin embargo, lo que más me asombra es la repetición. Sí, hay ciertos coleccionables que se repiten año tras año y que yo me atrevería a denominar como los de siempre, los de toda la vida: los clásicos. Entre ellos encontramos: Colección de minerales y piedras preciosas, Aprender Inglés de forma definitiva, Obras Completas de Grandes Autores, Stephen King DVD Collection, El Cuerpo Humano (Sí, sí, aquél programa de Érase una vez... que los de mi época veíamos a los cuatro años antes de Heidi), Construya su propia casa de muñecas, Félix Rodríguez de la Fuente (serie documental), etc. Si en algún momento sentís la tentación de iniciar uno de estos coleccionables, comprobad, antes que todo, que vuestros padres no lo tengan ya completado en algún rincón del armario del trastero. Además, existe un segundo grupo de coleccionables que podrían clasificarse bajo el nombre de: cómo aprender. Cómo aprender a pintar en 15 días, Cómo aprender a utilizar Windows, Cómo aprender rumano en 20 fascículos, Cómo aprender a fabricar objetos de cerámica, etc. En tercer lugar nos encontramos con los coleccionables que denominaremos de coleccionista: Abanicos de coleccionista, Peonzas de coleccionista, Dedales de coleccionista, Muñecas de cerámica de coleccionista, Barajas de naipes de coleccionista, Relojes de coleccionista, Grandes motos clásicas de coleccionista, Monedas de coleccionista, etc. He aquí mi grupo favorito, donde se reúnen los objetos más absurdos e inútiles. Este grupo se llama objetos del mundo: Cajas de porcelana del mundo, Taxis del mundo, Coches deportivos del mundo, Trenes del mundo, Bomberos de plomo del mundo, Tazas del mundo, Chapas del mundo, Sillitas de casas de muñecas del mundo, etc. Y, finalmente, nos encontramos con los inclasificables, tales como: Coches de bombero del mundo, Mi querido taller mecánico (que fundamentalmente se trata de montar una maqueta de un taller típico de los años 50), Construye las máquinas de Leonardo, La abeja Maya (DVD + fascículo + cromos), Aviones en combate: un siglo de guerra en el aire, Casa de Blancanieves y los Siete Enanitos, Los coches de Tintín, Plumas de mujer, Chicas Fashion y demás perlas.

Quizás porque creemos que septiembre es un mes ideal para iniciar nuevos proyectos o porque necesitamos mitigar el síndrome postvacacional de alguna forma, septiembre tras septiembre nuestros coleccionables clásicos vuelven a invadirnos y un ejército de extravagantes inclasificables vuelven a poblar el quiosco de la esquina.

jueves 16 de agosto de 2007

Remedios caseros

No cabe duda de que el verano es una época de jolgorio y desenfreno para esos diminutos animalillos que se ganan nuestro odio noche tras noche, picada tras picada. De repente, cuando el calor aflora y el bochorno sofoca, aparecen estos bichitos, casi imperceptibles, a los que vulgarmente denominamos mosquitos. Sin embargo, los mosquitos no son las únicas fierecillas con las que debemos combatir verano tras verano, ya que una bandada de abejas y un banco de medusas venenosas suelen acompañarlos. Estos bichejos pueden considerarse, según una clasificación propia, pertenecientes a la fauna de estío.

Por ellos, es precisamente en esta época cuando intento recordar todos aquellos remedios de la abuela, o trucos caseros, que, según algunos, ayudan a aliviar el picor o escozor que provocan las picaduras de tales animalillos. Estos remedios, al parecer, existen desde que el tiempo es tiempo, y por ello me veo en la obligación de facilitar algunos de ellos a mis lectores:

1. Si una avispa o una abeja te pica… Embadúrnate toda la zona con barro. Y a mí me surge una duda: ¿Acaso el barro no infectaría la picadura? Que yo sepa, el barro contiene bacterias así que untado en una herida como si fuera mantequilla sobre una rebanada de pan no creo que sea lo más conveniente.

2. Si una medusa te pica… Que alguien se mee encima de tu picadura. Dos comentarios. El primero: ¿acaso alguien dejaría que un extraño se meara encima suyo? No me imagino a alguien gritando por la arena: ¡por favor, por favor, que alguien se mee encima mío, por favor! El segundo: en el supuesto caso que alguien acuda en tu ayuda y se decida a mearse encima de ti, ¿no te plantearías por qué?

3. Si un mosquito te pica… Aplícate pasta de dientes encima de la picadura o levadura . Según algunas abuelas, este remedio también puede utilizarse en el caso de las quemaduras. No obstante, no debemos olvidar que la pasta de dientes tiende a irritar la piel, así que no creo que sea la solución más acertada para tales casos.

Como podemos comprobar, existen remedios o pequeños trucos caseros que ayudan a aliviar las molestias y otros que las empeoran. Así pues, mi consejo para todos aquellos que sufren las picaduras o escozores que provoca la fauna de estío os digo: TE PIQUE EL INSECTO QUE TE PIQUE, PONTE AFTERBITE.

miércoles 15 de agosto de 2007

Teoría alternativa para las pérdidas de memoria

Para todos aquellos que se mostraron escepticismo ante mi teoría sobre las pérdidas de memoria ocasionales, os tengo una respuesta que quizá os resulte más convincente. Hace unos días, mientras ojeaba unas viejas revistas que andaban por casa desde hacía meses, encontré un artículo titulado: ¿A qué se debe que, a veces, no recordemos una cosa? Y pensé: ¡Bingo! He aquí una respuesta científica y documentada sobre el tema que traté en mi blog hace un par de meses. Sin embargo, no quiero olvidar comentaros que este artículo está incluido en una sección cuyo nombre es el siguiente: POR QUÉS SIN RESPUESTA. Y cito textualmente:

Los olvidos repentinos, como no saber dónde acabamos de dejar las llaves o el recado que hace diez minutos nos han encomendado, nada tienen que ver con trastornos de la memoria, como sucede con la enfermedad de Alzheimer. Normalmente, estos despistes memorísticos coinciden con momentos de tensión nerviosa y ansiedad, que vienen acompañados de la liberación en las glándulas suprarrenales de una hormona llamada corticosterona (Breve inciso: en mi opinión, esta liberación debe ser el efecto de las drogas que yo comento como segunda opción después de mi elaborada teoría, pero en términos más especializados). Esta sustancia bloquea en el cerebro la recuperación de datos almacenados hasta al menos una hora después de remitir la tensión psicológica. Esto explica, por ejemplo, que algunos estudiantes con los nervios a flor de piel se queden en blanco en los exámenes.

¿Y bien? ¿Acaso esta composición lógica de impronunciables términos científicos resulta más creíble que mi explicación alienígena?

lunes 13 de agosto de 2007

Pautas para ser una mujer actual

Hace un par de domingos, mientras veía la típica película de sobremesa norteamericana, me surgió una duda: ¿quiénes son esas niñas que se dedican a ir por las casas vendiendo galletas? Así que empecé una pequeña investigación. Se trata de las Guide Girls, asociación paralela a los Boy Scouts masculina, pero cuyos quehaceres distan mucho de estos últimos. Me sorprendí al comprobar que se trata de una asociación de larga historia y de amplia expansión, pues está presente en los cinco continentes. Encontré una página oficial y no dudé en navegar por ella a ver qué encontraba. Y bien, el resultado es más que sorprendente. Yo tenía entendido que los Boy Scouts, durante sus reuniones y excursiones, aprendían a realizar nudos imposibles, a acampar en lugares inhóspitos, a diferenciar los diferentes arbustos de la sabana, a conocer los hongos venenosos, a organizar un campamento y a seguir al pie de la letra los mandamientos de los Scouts. En el caso de las Guide Girls, estas actividades varían ligeramente. Entre ellas: aprender a atarse un pañuelo en la cabeza sin despeinarse, cocinar unas galletas de sospechoso sabor, pedir dinero por buenas causas, como la caza indiscriminada de ballenas o el deshielo de los glaciares, celebrar el día de la paz, el de la solidaridad, el de la alegría, y todos los que se puedan celebrar, fabricar ramos de flores secas ornamentales, reunirse con otras Guide Girls de otros países para preparar un guateque mejor que el anterior, coleccionar el mayor número de insignias posible y seguir todos los pasos que indica la famosa Guide Girl’s Guide.
Dependiendo de la edad, se describen una serie de acciones que deben alcanzarse en un periodo determinado. Es una especie de Top 10 de tareas o labores que toda dama respetada debería dominar llegada a cierta edad. Por ejemplo, a la edad de 10 años, una Guide Girl como dios manda debería saber: contar hasta 10 en un idioma extranjero y el nombre del presidente (digo yo que de su país), entre otros. A la edad de 15 años, debería saber cocinar una comida sana, plantarle cara a los chicos (¿?) y hacer una fotografía profesional.
Y ahora es cuando la cosa se pone de lo más interesante: Cosas que una chica debería aprender entre los 16 y los 25 años. Yo quise afrontar los diez retos que presentan las Guide Girls como un desafío a mis capacidades actuales. La primera de ellas: manejar dinero, lo cual se me da requetebién, y cuanto más, mejor. La segunda: primeros auxilios. La verdad, aquí ando un poco verde, pero vamos, lo de curar una herida y el Gelocatil lo tengo controlado. La tercera: hablar en público con seguridad. ¡Bingo, esta también la tengo! La cuarta: practicar sexo con seguridad. Quien sea inocente que tire la primera piedra. La quinta: saber crear un currículum competente. Sin embargo, aquí discrepo, lo que deberían enseñarnos es a crear un currículum preciso y concreto, sin parafarnalias ni decoraciones, que luego se hace muy pesado de leer. La sexta: montar mobiliario. Después de tres mudanzas con muebles de Ikea, estoy hecha una experta. La séptima: cocinar un asado, lo cual, en mi opinión contradice uno de los logros que se deben alcanzar a los quince años, el de saber preparar una comida sana.
Llegados a este punto, pienso: ¿Pero por quién nos han tomado? ¿Es que acaso las mujeres no sabemos regatear en el mercadillo por tres lechugas al precio de dos utilizando un tono de seguridad mientras tenemos la paella haciéndose a fuego lento en casa? ¿Acaso no podemos montar una cama y practicar sexo seguro mientras nos curamos el corte del clavo que ha quedado a medio amartillar?

domingo 12 de agosto de 2007

Imprescindibles de verano

Para mí, y creo que para la mayoría de los mortales, me resulta inevitable, además de la mar de interesante, observar el comportamiento de las personas cuando están de vacaciones en la playa. Creedme, se puede sacar una investigación completa y rigurosa acerca de la flora y fauna que habita el zoológico de salitre en esta época del año.

Hay personajes indiscutibles en este circo veraniego que, sin ellos, los días playeros no serían lo mismo. Entre ellos, quiero destacar al chulo de playa. Este es uno de mis favoritos y no debe confundirse con el chulo de discoteca. El chulo de playa, también denominado vulgarmente chuloplaya o chulo playas, suele colocarse siempre en el mismo lugar de la playa, uno que destaque y con mucho tránsito para que pueda lucir palmito durante todo el día. Generalmente, estos especímenes suelen encontrarse a los alrededores del chiringuito, de las duchas y, si es las que hay, de las canchas de voleibol. Una de sus características más distintivas son las gafas de sol: tienen una forma ligeramente alargada, como las que utilizamos los demás para ir a esquiar, con las patillas rectas, sin forma en el extremo y de pasta. Suelen ser amarillas o rojas, aunque también suele haber algún despistado que aún no conoce el arte del chulo de playa y luce unas de color blanco. Para aquellos que prefieren disfrutar de la playa cuando el sol comienza a esconderse, no os preocupéis, porque este tipo de especímenes aún tendrán sus gafas puestas, pero ¡ojo!, las llevarán en la nuca y del revés. Otro de mis favoritos es el extranjero cangrejo, también llamado “guiri gamba” que, a pesar de llevar todo el verano en la playa, yo no sé a santo de qué tienen tantos días de vacaciones, continúa estando quemado y, lo mejor de todo, sigue yendo a la playa sin ponerse protección. Otro personaje que hace de la playa un lugar nostálgico es el jubilado de petanca. En la playa, suelen situarse en aquellos lugares donde preferimos no poner nuestras toallas, pues consideramos que están un tanto apartados de la orilla del mar. Estos coinciden con lo que yo llamo “los madrugadores tocapelotas”, esas personas que van a la playa a las ocho de la mañana, montan su propio chiringuito, que incluye sombrilla, toallas, nevera, juego de petanca, juego de palas, tumbona y flotadores varios, y vuelven a casa para desayunar. Tampoco debemos olvidar a los vendedores ambulantes que hacen su agosto en esta estación del año y que, en alguna ocasión, nos han salvado de una insolación. Siempre me ha sorprendido su capacidad imaginativa, pues de repente, la playa se convierte en una especie de mercadillo donde uno puede conseguir casi todo lo que desea, desde avalorios de aire mediterráneo y vestidos ibicencos hasta ensaladas de frutas y sangría fresca.

Desafortunadamente, entre la flor y nata del universo marítimo, también nos encontramos personajes que pueden incluso arruinar nuestro día playero: me refiero al niño que odia la arena y /o el agua del mar y no para de llorar durante todo el día, a la familia numerosa que trae la casa a cuestas mientras engulle un bocadillo de calamares o albóndigas (y cuando digo numerosa no me estoy refiriendo a los niños, sino a la familia en sí: abuelos, padrinos, tíos, primos y algún que otro pariente lejano que se también se apunta), al dominguero playero que se considera atractivo por llevar esos ridículos y diminutos bañadores de licra ajustados y una cadena de oro, cuanto más pesada mejor, mientras se fuma un puro que le dura todo el día, a la madre gritona cuyos hijos están cubiertos por una gruesa capa de crema del factor 50, al grupito de cincuentones que, repentinamente, en época estival, se convierten en “viejos verdes” y voyeurs al mismo tiempo y, cómo no, a los niños y niñas que se dedican a corretear y a salpicarte de arena justo cuando acabas de darte un chapuzón.

Sin embargo, no queda otra que resignarse, pues sin ellos la flora y fauna playera quedaría incompleta y, para qué engañarnos, ir a la playa no sería tan divertido.